16 de Diciembre del 2017 | 01:13 | Ciudad de México | °C -

Don Julio

Fuente: El Universal

Decía Miguel Angel que él no creaba sus maravillosas esculturas; que sólo le quitaba al bloque de mármol lo que le sobraba, para descubrir allí adentro cada figura memorable.

Así fue siempre el periodismo de Julio Scherer García: justo, preciso, impecable; desentrañando a cada golpe de cincel la verdad; descubriéndola allí, donde estaba oculta por todo aquello que la escondía a propósito; hasta mostrarla a la luz sin necesidad de pulirla con adjetivos. Sí. Por supuesto que Scherer era también un gran artista de la palabra.

Creo que es éste uno de los rasgos que menos se han comentado sobre su obra, en el torrente de todo lo dicho y escrito por su partida. Por supuesto que su legado conceptual e histórico es gigantesco: se trata del periodista más significativo y brillante en la segunda mitad del siglo XX; el más influyente en la conformación democrática del México contemporáneo; el que ofreció aquella lección imborrable de dignidad cuando su salida de Excélsior luego del golpe brutal de autoritarismo del entonces presidente Echeverría; que reinauguró el periodismo con la creación de Proceso que, bajo su guía e inspiración, se convirtió en referente obligado de un periodismo sin concesiones frente al poder y como el gran contrapeso a los abusos y corruptelas de los grandes detentadores de gobiernos y dineros.

Yo tuve el privilegio no sólo de su amistad sino de un cariño grande y sincero que ambos nos profesamos siempre. Como cuando me invitó a comer para festejarme el hallazgo periodístico del video de Aguas Blancas y me dijo con acento premonitorio: “disfrútelo don Ricardo…y luego prepárese, porque tarde o temprano le van a pasar la factura”. O cuando viví la inmensa alegría de recibir junto con él un premio tan modesto como entrañable, el Roque Dalton aquel año de 2001 en el Museo del Chopo. O en aquella discusión acalorada sobre futbol, porque me recibió con una cara que me obligó a preguntarle qué le pasaba: “¡Pues cómo quiere que esté don Ricardo, claro que muy triste! ¿Pero por qué Don Julio? Porque hoy se quebró el futbol: ¡Ramón Ramírez fue vendido por las Chivas al América!” Hoy, todavía sigo pensando que aquella hubiera sido una cabeza formidable en cualquier diario: “Hoy, se quebró el futbol!” ¿A poco no?

Lo traté ya tarde, pero lo conocí desde niño. Sólo andando el tiempo le revelé mi secreto. Que yo estaba seguro que él acudía a las tertulias que mi hermana –colega suya- organizaba en nuestro departamento de la San Rafael tan cercano a Excélsior. Y es que mi padre prefería que se reunieran allí, a que Alicia anduviera aprendiendo de aquellos gigantes del periodismo, entre los que ya destacaba Julio Scherer García y que solían soltar la adrenalina en los bares del rumbo. Así que en casa nos acostumbramos a que de vez en cuando nos arrullaran los alegatos y las risotadas. Hasta que a alguno de ellos se le ocurría levantarme para recitarles El Brindis del Bohemio, Los Motivos del Lobo o el Nocturno a Rosario.

Cuando al fin se lo dije me estrujó emocionado. “¡De modo que ese niño era usted! ¡Sí era una auténtica rockola de poemas, don Ricardo!

Y a propósito, cómo me gustaría Don Julio volver a serlo. Que desde allá donde anda con Vicente, apretara una tecla. La que usted quiera, Don Julio.

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