16 de Diciembre del 2017 | 01:06 | Ciudad de México | °C -

Creer en los Reyes Magos

Fuente: El Universal

Yo creía fervientemente en ellos. Pero mi primer quiebre de fe sobrevino en mi primera infancia en Tepito, cuando aquel escuincle envidioso me dijo que no existían y para comprobarlo me llevó a la agencia de bicicletas de don Andrés, donde éste pintaba de un color diferente el triciclo que “ellos” me traían como nuevo cada seis de enero.

Sin embargo, durante dos o tres años más mi creencia en Melchor, Gaspar y Baltazar se revitalizó un poquito tal vez por conveniencia –confieso- y alguna dosis de candor: por más que espiaba a mis padres, el milagro se producía cíclicamente; allí, donde en la sala modestísima no había nada en la noche, aparecían en la mañana y como por arte de magia algunos de los regalos que a veces nos sugerían papá y mamá y que nosotros les pedíamos en una carta cariñosísima con promesas de ser buenos niños.

He de reconocer que ya ni soy niño, ni tampoco les escribí una carta antier. Que además ya no sería para mi sino lo que quisiera para este país nuestro de cada día. También tendrá que ver que el presidente de esta dolida nación que hoy somos, se haya adelantado 36 horas al día de los Reyes Magos. Y la verdad sea dicha, los siete regalos no son menospreciables: quién no va a agradecer el fin de los odiosos gasolinazos; a quién le va a caer mal que bajen un poquito las tarifas de luz; seguro que nadie se quejará de que ahora ya no habrá que pagar la obsoleta y abusiva larga distancia en llamadas nacionales; por supuesto que es un bello gesto obsequiar 10 millones de televisores digitales a hogares de escasos recursos; difícilmente alguien cuestionará el apoyo financiero a jóvenes emprendedores; ni qué decir de la construcción de más viviendas como motor económico; finalmente, también parece incuestionable el trato fiscal preferente para actividades agropecuarias en estados tan pobres como Guerrero, Chiapas y Oaxaca. En suma, como lo declaró el propio presidente Peña Nieto, “siete acciones en favor de la economía familiar”.

Lo asombroso, a ojos de los ocupantes de Los Pinos, es la escasa o nula reacción en los más diversos ámbitos a un anuncio que se supone sería motivo de jolgorio: nadie fue a festejar al Angel; no hubo llamadas masivas a los noticieros de radio y televisión; ningún diario le dio las ocho columnas y en algunos ni la primera plana; vaya, ni siquiera fue motivo de polémica en las redes sociales que suelen ser tan reactivas y críticas.

Las razones pueden ser muy distintas, pero todas inquietantes: que las medidas anunciadas hayan sido insuficientes y hasta irrisorias dada la situación del país, según los expertos; que se hayan dado en un escenario patético marcado por el derrumbe del petróleo, el disparo del dólar y hasta la caída de la bolsa; que fuera en la víspera de una  desangelada, chiquita y desfasada visita a Washington para una microentrevista con un Obama que va de salida; y hasta que el emisor apareciera muy tieso, forzado y en una extrañísima edición con brincos de imagen sobre sí mismo.

Aunque tal vez la falta de respuesta al mensaje resida no en lo que se dijo, sino en lo que no se dijo: ningún cambio verdaderamente sustancial en el rumbo de un México que ahora parece a la deriva. Como si el futuro inmediato dependiera del tiempo, la suerte o los ahora fallidos Reyes Magos.

 

   

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